En un mundo donde millones de dispositivos están conectados y generan datos constantemente —desde sensores en fábricas hasta cámaras inteligentes en ciudades—, depender exclusivamente de la nube para procesar esa información ya no es suficiente. Es aquí donde entra la computación en la niebla (fog computing), una arquitectura que lleva el poder del procesamiento más cerca del lugar donde se generan los datos.
A diferencia de la computación en la nube tradicional, que centraliza todo en grandes centros de datos, la computación en la niebla distribuye parte del procesamiento en una red de nodos locales. Esto reduce la latencia, mejora la eficiencia y permite respuestas en tiempo real, algo vital en aplicaciones como vehículos autónomos, sistemas de salud conectados o control de infraestructuras críticas.
Esta tecnología se complementa con el edge computing, pero se diferencia al actuar como un intermediario entre el borde (edge) y la nube, facilitando la comunicación, la seguridad y la gestión de datos a gran escala.
Aunque aún está en fase de adopción temprana, la computación en la niebla podría ser la clave para sostener el crecimiento del Internet de las Cosas (IoT) y hacer posible la verdadera inteligencia ambiental.













