Dentro de nuestro cuerpo habita un ecosistema complejo formado por billones de microorganismos: el microbioma humano. Lejos de ser simples pasajeros, estas bacterias, virus y hongos cumplen funciones vitales para nuestra salud física y mental. Se estima que por cada célula humana hay al menos una célula microbiana.

El microbioma se encuentra en distintas partes del cuerpo, pero el más conocido es el intestinal. Aquí viven miles de especies bacterianas que ayudan a digerir los alimentos, sintetizar vitaminas y entrenar nuestro sistema inmunológico. Un desequilibrio en esta flora puede estar relacionado con enfermedades digestivas, obesidad y hasta trastornos neurológicos.

En los últimos años, estudios han vinculado la composición del microbioma con condiciones como la depresión, el autismo y el Alzheimer. Aunque todavía no se ha establecido una relación causal clara, estos hallazgos abren un nuevo campo de investigación sobre la conexión intestino-cerebro.

La alimentación es uno de los factores más importantes que moldean nuestro microbioma. Dietas ricas en fibra, frutas y vegetales promueven una flora saludable, mientras que el exceso de ultraprocesados puede deteriorarla. Los probióticos y prebióticos también juegan un rol clave en su mantenimiento.

Además, el uso indiscriminado de antibióticos puede alterar gravemente la microbiota intestinal. Por eso, se recomienda usar estos medicamentos solo cuando sean estrictamente necesarios, y bajo supervisión médica. La recuperación de la flora tras un tratamiento puede tardar semanas o incluso meses.

El estudio del microbioma representa una revolución en la medicina del siglo XXI. Entender cómo convivimos con estos pequeños aliados podría transformar la forma en que prevenimos y tratamos enfermedades, dándonos una visión más integral del cuerpo humano como un ecosistema interdependiente.

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