Abuelos, tíos y amigos cercanos de la familia frecuentemente juegan un papel esencial dentro del entramado afectivo que rodea a los niños. No solo actúan como cuidadores, sino que también brindan apoyo emocional, estimulan su desarrollo y contribuyen al bienestar general de los pequeños. 

El desarrollo cerebral en la infancia resulta de una compleja interacción entre factores genéticos y ambientales, siendo los primeros años de vida una etapa crucial debido a la alta sensibilidad del cerebro a las influencias externas. Aunque tradicionalmente se asocia este entorno principalmente a la labor de madres y padres, cada vez se reconoce más el valor que tienen las redes de cuidado extendidas, que incluyen a abuelos, tíos, vecinos, docentes y amigos de la familia, quienes contribuyen de manera fundamental al sostén emocional, la estimulación y el cuidado de los niños.

Un estudio en el Área Metropolitana de Buenos Aires reveló que el 70% de las parejas suele dejar a sus hijos al cuidado de familiares, mientras que solo un 21% recurre a niñeras pagas, cifra que aumenta al 29% entre las parejas más jóvenes y en sectores socioeconómicos más altos. Según esta investigación, realizada por Kantar en 2025, la frecuencia más común de cuidado externo es dos o tres veces por semana, y seis de cada diez adultos recuerdan haber sido cuidados en su niñez por familiares, amigos o empleadas, experiencia que en general asociaron a sensaciones positivas y seguridad.

Diversos estudios internacionales han puesto en evidencia que el cuidado infantil por parte de abuelos y otras redes no parentales es cada vez más común, especialmente en países de ingresos bajos y medios. Se plantea incluso que la crianza debe entenderse como un proceso cooperativo que trasciende la pareja parental, incorporando una red de apoyo que incluye a múltiples adultos significativos. Estas redes no solo aportan bienestar subjetivo y resiliencia a los niños, sino que también alivian la carga emocional de los cuidadores principales, favoreciendo un entorno más estable y sensible.

La doctora María Roca, investigadora del CONICET, destaca que en un contexto de cambios en las estructuras familiares y mayor empleo de ambos padres, las redes de cuidado, tanto formales como informales, cobran cada vez más relevancia en la primera infancia. Las experiencias tempranas dejan huellas profundas, y el desarrollo óptimo de los niños depende de la calidad de los vínculos que reciban, los cuales pueden enriquecerse con la interacción con diversos adultos. La crianza no es una tarea solitaria, y contar con apoyo contribuye a mejorar tanto el bienestar infantil como la salud mental de quienes cuidan. 

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