Un equipo interdisciplinario del CONICET halló gran parte del esqueleto de un cocodrilo de gran tamaño, incluyendo cráneo y mandíbulas, en rocas de la Formación Chorrillo, a unos 30 kilómetros al sur de El Calafate, Santa Cruz.
La especie fue bautizada Kostensuchus atrox, que significa “cocodrilo feroz del viento del sur”. Se trata de un depredador de la familia extinguida de los peirosaurios, que habitaron América del Sur y África durante el Cretácico. A diferencia de los cocodrilos modernos, su cabeza era alta, con ojos hacia afuera y fosas nasales proyectadas hacia adelante, lo que sugiere que no tenía hábitos acuáticos.
“Se distingue de todas las especies conocidas por el tamaño de sus dientes y cráneo, la robustez de la mandíbula y la magnitud de las cavidades donde se alojaban los músculos de la mordida. Por eso lo consideramos un depredador tope del ecosistema”, señaló Diego Pol, investigador del CONICET en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”.
Los fósiles indican que Kostensuchus habitaba ambientes húmedos y con abundante vegetación. Su cuerpo robusto y sus patas cortas, colocadas verticalmente bajo el cuerpo, le daban agilidad superior a la de los cocodrilos actuales.
El cráneo medía 50 centímetros y tenía un hocico con más de 50 dientes, algunos de hasta 5 centímetros, con bordes aserrados ideales para cortar carne. Sus mandíbulas, impulsadas por músculos potentes, podían generar mordidas rápidas y extremadamente fuertes.
Estas características lo situaban como uno de los principales depredadores del Cretácico tardío en la Patagonia. “Otro depredador de estas mismas rocas era el dinosaurio carnívoro Maip macrothorax, cercano al Megaraptor de Neuquén. Probablemente Kostensuchus y Maip competían por alimento, similar a lo que hoy sucede entre hienas y leones en África”, agregó Fernando Novas, investigador del CONICET en la Fundación de Historia Natural Félix de Azara y primer autor del estudio publicado en PLoS ONE.














