El concepto de «ciudades de 15 minutos» ha cobrado fuerza tras la pandemia, que cambió nuestra relación con el espacio urbano. La idea es simple pero poderosa: todas las necesidades diarias (trabajo, escuela, salud, ocio) deben estar accesibles caminando o en bicicleta en un radio de 15 minutos.
Esta propuesta, impulsada por el urbanista Carlos Moreno, busca crear barrios más autosuficientes, menos dependientes del automóvil y con una mayor calidad de vida. París ha sido una de las primeras grandes ciudades en adoptar este modelo de forma ambiciosa.
El impacto de este diseño urbano es múltiple: reduce la contaminación, mejora la salud mental, promueve la economía local y fortalece el tejido comunitario. Todo esto en un contexto de crisis climática que exige replantear el modo en que habitamos las ciudades.
Sin embargo, también enfrenta críticas. Algunos señalan que podría profundizar la segregación urbana si no se implementa con justicia social. Otros dudan de su viabilidad en ciudades altamente dispersas o con problemas de infraestructura básica.
A pesar de los desafíos, muchas urbes están empezando a experimentar con proyectos piloto. Barcelona, Melbourne, Bogotá y Portland están rediseñando barrios bajo estos principios, adaptándolos a su contexto local.
Más que una moda, la ciudad de 15 minutos representa un cambio de paradigma urbano. Su éxito dependerá de la voluntad política, la participación ciudadana y una visión integral del desarrollo sostenible.













