A orillas del Delta bonaerense, existe una isla que combina encanto histórico y paisajes naturales, y que en los últimos años se consolidó como un plan de fin de semana para quienes buscan desconectar de la rutina sin alejarse demasiado de la ciudad. Se trata de un enclave ubicado a unas dos horas de navegación desde Tigre, rodeado de canales tranquilos, vegetación autóctona y antiguas construcciones que cuentan parte de la memoria ribereña.

El lugar se destaca por su tranquilidad: sin autos ni ruidos urbanos, las caminatas por senderos arbolados y las actividades acuáticas —desde paseos en kayak hasta excursiones en lancha— invitan a experimentar un contacto directo con la naturaleza. En la isla se conservan también casas históricas, algunas recicladas como hospedajes y otras como museos que rescatan la vida cotidiana de quienes habitaron el Delta décadas atrás.

Los visitantes pueden elegir entre pasar el día o quedarse a dormir en cabañas y posadas que ofrecen gastronomía casera y vistas al río. La propuesta se completa con recorridos guiados que relatan leyendas locales y muestran cómo la comunidad isleña convive con el entorno de manera sostenible, aprovechando los recursos sin alterar el ecosistema.

Por su cercanía, este rincón se transformó en una opción atractiva tanto para quienes llegan desde Buenos Aires como para turistas extranjeros que quieren conocer un paisaje distinto al del casco urbano. La travesía en lancha colectiva es en sí misma parte de la experiencia: a medida que el viaje avanza, el ruido de la ciudad queda atrás y se abre paso el silencio del río.

Ideal para parejas, familias o grupos de amigos, la isla ofrece una combinación difícil de igualar: historia, naturaleza y descanso a pocos kilómetros de la capital. Un destino que demuestra que, para desconectarse y respirar aire puro, no siempre es necesario recorrer grandes distancias.

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